7.- RACIONALIDAD PARCIAL E IRRACIONALIDAD GLOBAL.
Son estas exigencias contextuales las que determinan que los Estados y las clases dominantes, con sus contradicciones mutuas y más o menos conscientemente según los casos, desarrollen una concepción que une indisolublemente el mecanicismo con el cientifismo a lo largo de un proceso que crece en el siglo XVII y triunfa definitivamente en el siglo XVIII. Se trata de lo que H. Butterfield define como el "universo-máquina" (67) y que no hubiera triunfado sin la fundamental experiencia adquirida por las innovaciones técnicas militares, que no sólo en la producción civil. Tanto en una como en otra, es decir, en la propia práctica material directa o indirectamente productiva, palpitaba con fuerza imparable la necesidad de racionalización y control de cara a algo básico que distancia esencialmente al capitalismo de todos los modos de producción anteriores, como es el ahorro destinado a la inversión productiva que, a su vez, busca aumentar la acumulación ampliada del capital. Marx definió a esta identidad en movimiento como "autoexpansión del capital" y ella fue la que determinó el surgimiento de la necesidad del orden, del ahorro del tiempo y de la reducción del gasto improductivo en todos y cada uno de los eslabones del proceso productivo capitalista. Esto mismo, trasladado a la ciencia, es en lo que insiste P. Thuiller cuando citando a Mersenne narra la obsesión de la época por evitar "gastos excesivos" y "gastos inútiles" (68).
El universo-máquina que exige reducir los gastos inútiles en la producción, exige a su vez que la venta de esa producción mantenga la velocidad de la máquina pues de lo contrario se paralizaría la rotación del capital y sobrevendría la crisis. Lo que ahora se denomina consumismo es la derivación lógica de las presiones de esa velocidad de rotación con la que se mueve el universo-máquina capitalista. Sombart (69) ya demostró hace tiempo la importancia del consumo de lujo en el capitalismo, pero del gasto suntuoso al consumo de masas que toma velocidad a finales del siglo XVIII como muestra P. Burke hay un salto que conviene citar porque no sólo se dio una simplificación de la técnica de producción para acelerar y multiplicar las mercancías lanzadas al mercado, sino que incluso se vivió una "comercialización del ocio" pues los empresarios vieron que aumentaba la demanda de consumo de ocio que daba crecientes beneficios (70). Con dos siglos de antelación a los debates actuales sobre la comercialización del ocio y sobre el efecto de la globalización en los cambios culturales y cotidianos, el capitalismo preindustrial del siglo XVIII ya había sentado las bases permanentes del problema.
Pues bien, estos tres factores ya asentados a finales del siglo XVIII exigieron y a la vez facilitaron una tremenda explotación intensiva y extensiva de las clases trabajadoras, de la fuerza de trabajo social con efectos profundos en la evolución técnica y económica. Ya a comienzos del siglo XIX: "Las demandas militares a la economía británica contribuyeron notablemente a configurar las bases subsiguientes de la revolución industrial, permitiendo la mejora de las máquinas de vapor y posibilitando innovaciones tan decisivas como el ferrocarril y los barcos de hierro en una época y unas condiciones que simplemente no habrían existido sin el impulso dado a la producción de hierro por la guerra" (71).
Todo el siglo XIX fue una confirmación de la característica genético-estructural del capitalismo en lo que concierne a la necesidad de maximizar la rentabilidad, de ahorrar tiempo y de reducir gastos inútiles: "La técnica se aplica asimismo a acrecentar la potencia del aparato térmico: disminuye el inconveniente de los puntos muertos en el recorrido del pistón, reduce la condensación en el cilindro, aumenta la superficie de calefacción, recorre al doble, triple o cuádruple escape con el sistema compuesto o 'compound'. A pesar de todo, este motor resulta pesado, molesto, de poca eficacia en relación con el combustible consumido. No obstante, se calcula que hacia 1890 proporciona a Europa y América un trabajo equivalente al de mil millones de esclavos" (72). Una vez más, el ejército es uno de los poderes que impulsan la tendencia a la racionalización y reducción del gasto excesivo, y en 1905 "el almirante Fisher, teniendo en cuenta las ventajas del petróleo, aconseja reemplazar el carbón por el fuel oil. Con igual peso de combustible el radio de acción queda doblado y desaparece la humareda" (73) de los barcos de guerra británicos.
Sin embargo, estos avances trajeron inevitablemente efectos terribles que azotarían profundamente al capitalismo y de los cuales ahora sólo vamos a detenernos en dos. Uno es el engreimiento chulesco de la sociedad burguesa europea con respecto al resto del mundo. Headrick lo ha sintetizado así: "La era del nuevo imperialismo fue la también la época en que el racismo alcanzó su cenit. Los europeos, en otros tiempos respetuosos con algunos pueblos no occidentales -especialmente con los chinos- empezaron a confundir niveles tecnológicos con niveles culturales en general y, por último, con capacidad biológica. Las conquistas fáciles habían deformado el juicio incluso de las élites científicas" (74). No hace falta decir que ese racismo, de un lado, era la continuación mejorada del profundo desprecio hacia las clases trabajadoras europeas que esa burguesía había heredado conscientemente y mejorado del desprecio absolutista y anteriormente feudal, y, de otro lado, que le venía perfectamente bien para justificar la "misión civilizadora" del colonialismo y del imperialismo, con las fabulosas ganancias materiales que obtenía de ellas.
El otro es el agravamiento cualitativo es la crisis ecológica que se produjo precisamente con la primera revolución industrial, de la que después hablaremos, y que además de poner en peligro la continuidad de la vida en el planeta, cuestiona radicalmente la racionalidad capitalista. Es cierto que cualquier intervención humana afecta a la naturaleza, y que, como se sabe desde hace tiempo, "toda adquisición de una nueva técnica o una nueva utilización de una técnica anterior, interdependientemente de su origen, altera la relación del hombre con los organismos que lo rodean y cambia su posición en la comunidad biótica" (75). La industrialización capitalista dio un salto en ese cambio de posición del ser humano en la comunidad biótica y aunque las concepciones que justificaban la dominación del ser humano sobre la naturaleza vienen en antiguo, como indica Hughes (76), el modo de producción capitalista ha supuesto un cambio brusco e intenso sin parangón. Un cambio brusco en el que, de nuevo, la relación "guerra-ciencia-tecnología" (77) ha sido y están siendo --según se vuelve a confirmar actualmente con las armas que usan uranio empobrecido-- uno de los factores determinantes.
¿Cómo se explica entonces la destrucción de la naturaleza teniendo en cuenta la obsesión por reducir el gasto inútil, por racionalizarlo todo para evitar el despilfarro improductivo? La respuesta de Marx, confirmada por la galopante catástrofe ecológica, es que la racionalidad funciona sólo a escala del empresario aislado, de la empresa en su funcionamiento particular, en donde debe optimizar lo más posible para obtener la mejor competitividad posible. Pero ya en el mercado igualador, lo que es racionalidad aislada deviene en irracionalidad colectiva porque, aquí no se trata de la suma de factores aislados sino del efecto sinérgico contrario al individual porque el capitalismo es antes que nada un sistema de producción y no una suma de astutas alimañas burguesas. O dicho en sus propias palabras: "La producción capitalista es siempre, pese a su tacañería, una dilapidadora en lo que se refiere al capital humano, del mismo modo que en otro terreno, gracias al método de la distribución de sus productos por medio del comercio y a su régimen de concurrencia, derrocha los recursos materiales y pierde de un lado para la sociedad lo que por otro lado gana para el capitalista individual" (78).
La razón por la que la catástrofe ecologista ha confirmado la respuesta de Marx radica en lo que M.A. Martínez-Echevarría define como el "código genético" de la empresa: su obsesión y necesidad de ganar siempre más dinero y la competencia a muerte que ello motiva:
"En cuanto una empresa empieza a ganar cada vez más dinero, inmediatamente le saldrá una o varias competidoras que con una "profundización en la división técnica del trabajo" lograrán ir limando los beneficios mutuos, hasta que de hecho ya no exista posibilidad de ganancias en ese tipo de actividad (...) Las "empresas" pierden toda referencia con la totalidad y se parcializa. Una "empresa" adquiere una especie de "miopía" que sólo le permite ver los aspectos de la realidad que son inmediatamente monetarizables, Toda información que no sea inmediatamente traducible a dinero es en principio irrelevante para la actividad de la empresa. Mediante la contabilidad, una técnica de traducción a términos monetarios, todas las actividades de la empresa, como el trabajo de los obreros, las materias primas, los transportes, la publicidad, la implantación de una nueva tecnología, etc., son valorados en términos económicos. Esta visión unidimensional y la presión de la competencia obligan a un continuo disminuir de costes y aumentar los ingresos. Desde un punto de vista productivo esto lleva a elegir tecnologías que abaraten el producto, lo cual suele representar producciones a mucha mayor escala, mucho más acelerada, y con menos costes.
Por desgracia, la "empresa" no sólo incrementó la gravedad y magnitud del problema ecológico, sino que introdujo una manifiesta actitud unidimensional o antiecológica. Es muy significativo a este respecto observar que el cambio del sentido de la propiedad es hacia un sentido más monetario o de mayor liquidez. Primero las tierras, y luego los hombres, son convertidos en mercancías, es decir, en medios para la producción, en "factores productivos". Todo es más "liquidable", más convertible en dinero, que, como hemos visto, es la "nueva producción" de la "empresa". Por eso la "empresa por antonomasia" del nuevo sistema productivo, introducido a partir del siglo XVII, es "la banca", que "produce dinero a partir de dinero", A pesar de sus apariencias, la "producción financiera" es el más antiecológico de todos los procesos productivos, ya que al ser la más radical y abstracta de las unidimensionalidades de que es capaz la razón humana, plantea un mayor enfrentamiento con la multidimensionalidad de la corporalidad humana" (79).
En síntesis, se trata de optar, como dice J. Roca Jusmet, por la rentabilidad a corto plazo frente a conservación a largo plazo: "Las decisiones económicas tienden a infravalorar el futuro y dan más importancia al corto plazo por la sencilla razón de que el dinero tiene un precio (como refleja el tipo de interés de los préstamos) (...) El capital, no comprometido con ninguna actividad económica particular sino, como enfatizaba Marx, con el objetivo abstracto de obtener el máximo beneficio puede actuar de forma perfectamente "racional" destruyendo un recurso renovable aunque ello suponga la imposibilidad de obtener ingresos futuros explotando dicho recurso" (80). Pero, aunque en la extensa obra de Marx y Engels abundan las razones de esa disolución de la racionalidad parcial en la irracionalidad global del sistema, y E. Mandel ha recopilado algunas de ellas en un texto que recomiendo (81), sin embargo no prestaron la atención suficiente al profundo cambio que existe entre los procesos cíclicos --y emergentes-- de la biosfera y los lineales de la tecnósfera industrial. Riechmann lo expresa así:
"Este predominio de los procesos lineales es característico de la tecnósfera en las sociedades industriales: en las sociedades agrarias que las precedieron, la tecnósfera se basaba más bien en procesos cíclicos (lo cual, de todas maneras, no implica que no conociesen problemas ecológicos graves). A grandes rasgos, la Revolución industrial puede pensarse como la transición desde una economía de flujos en las sociedades agrícolas tradicionales a una economía de acervos o stocks en las sociedades industriales, o de una economía de base orgánica a otra industrial. Mientras que la economía agrícola es esencialmente una economía de la superficie terrestre impulsada por la energía solar (que hace crecer los cultivos y los bosques, mueve los molinos de viento y de agua, etc.,), en las sociedades industriales hasta hoy conocidas encontramos una economía del subsuelo movida por combustibles fósiles. De forma metafórica, podemos describir la Revolución industrial como un proceso mediante el cual las sociedades se alejan del sol para hundirse en el subsuelo: un titánico fototropismo negativo" (82).
No puedo extenderme ahora sobre la evolución de la tecnología durante el siglo XX por razones obvias de tiempo y espacio, pero el salto que voy a dar no se produce en el vacío porque precisamente el tema que sigue enlaza en directo la última década con la primera de este siglo.
(67) H. Butterfield: "Los orígenes de la ciencia moderna". Taurus, Madrid 1971, pág. 166.
(68) Pierre Thuillier: "La trastienda del sabio". Fontalba, Barcelona 1983, pág. 99.
(69) Werner Sombart: "Lujo y capitalismo". Revista de Occidente, Madrid 1965.
(70) Peter Burke: "La cultura popular en la Europa Moderna". Altaya, Barcelona 1997, pág. 348.
(71) Willian H. MacNeill: "La búsqueda del poder". Ops. Cit. Págs 234-235.
(72) AA.VV: "El Siglo XIX. El apogeo de la expansión europea (1815-1914)". Destino, Barcelona 1983, Volumen I, pág. 213.
(73) AA.VV: "El Siglo XIX". Ops. Cit. Volumen II, pág. 704.
(74) Daniel R. Headrick: "Los instrumentos del imperio. Tecnología e imperialismo europeo en el siglo XIX". Altaya, Barcelona 1998, pág. 193.
(75) Jesús Antonio Aguilera: "Ecología. Ciencia subversiva". Monte Avila Editores. Caracas 1977, pág. 63.
(76) J. Donald Hughes: "La ecología de las civilizaciones antiguas". FCE. México 1981.
(77) Rafael Hernández del Aguila: "La crisis ecológica", Edit. Laia, Barcelona 1989, págs 193-208.
(78) Karl Marx: "El Capital". Ops. Cit. Pág 99.
(79) Miguel A. Martínez-Echevarria y Ortega: "La empresa como problema ecológico", en "Sociedad y medio ambiente", J. Ballesteros y J. Pérez Adán, Edit. Trotta, Madrid 1997, págs 117-120.
(80) Jordi Roca Jusmet: "La economía, la ecología y la crisis de la economía convencional", en "Ciencia, tecnología/naturaleza, cultura en el siglo XXI", de Manuel Medina y Teresa Kwiatkowska. Anthropos, Barcelona 2000, pág 242-243.
(81) Ernest Mandel: "Marxismo abierto". Crítica, Barcelona 1982, págs. 62-64.
(82) Jorge Riechmann: "La industria de las manos y la nueva naturaleza", en Alicia Durán y J. Riechmann (coord): "Genes en el laboratorio y en la fábrica". Trotta. Madrid 1998, pág. 220.